Entender bien la jerarquía canina
















UNA NUEVA VISIÓN SOBRE LAS
JERARQUÍAS


Es muy habitual que en las conversaciones con clientes o amigos surjan frases
como: “mi perro ladra mucho porque es dominante”, “Me han dicho que mi
perro se porta mal en casa porque es el jefe de la manada”... Esto ocurre
porque las teorías sobre las relaciones jerárquicas entre perros ha calado
hondo en nuestra sociedad desde hace muchos años. Todos, profesionales o
no, dan por hecho estas teorías pero... ¿sabemos cuándo y de dónde surgen?.
Investigadores como R. Schenkel en 1947, G.B. Rabb et al. en 1967, E. Zimen
en 1975 o el propio Félix Rodríguez de la Fuente en nuestro país, hicieron
varios estudios para describir cómo son las relaciones entre miembros de
cualquier grupo social. 

Para ello crearon manadas de lobos en cautividad
juntando ejemplares de diferentes procedencias sin una relación previa entre
ellos.








Esas investigaciones dieron como resultado una clasificación de los miembros
de la manada en alfas, betas, omegas..., según su posición dentro de una
jerarquía que el propio Félix R. de la Fuente denominó como rígida y
dinámica, es decir, una jerarquía cuyos miembros estaban en continua pugna
por subir un escalafón, sobre todo en los puestos intermedios. Se suponía que
la dominancia y la sumisión eran algo innato y M. W. Fox (en un trabajo de
1971) se propuso encontrar a los futuros lobos alfas cuando aún eran
cachorros.

Las clasificaciones y las conclusiones obtenidas están sobradamente
demostradas y cotejadas por diferentes especialistas en todo el mundo, pero,
desde hace unos años, están surgiendo voces que alertan sobre posibles
errores en el origen de las observaciones. Ya diversos autores (desde A. Murie
en 1944 en adelante) habían llamado la atención sobre la posibilidad de que
las manadas en libertad estuvieran formadas por una familia; una pareja reproductora y sus descendientes, pero todos obviaron esa información que puede ser primordial.

L. David Mech estudió a los lobos de la isla de Ellesmere en Canadá durante
los veranos de 1968 a 1998 y sus conclusiones son que las manadas estaban
compuestas por una pareja reproductora y sus descendientes de 3 años de
edad como máximo. A diferencia de las manadas en cautividad, los
ejemplares que se hacen adultos se disgregan del grupo para formar su
propia manada con una pareja separada de otra familia.

¿Cuál es la diferencia que existe entre que los miembros de la manada sean
parientes o no lo sean? La respuesta nos la da el conocimiento que ahora
poseemos de las relaciones conductuales en agrupaciones de otros animales
en la naturaleza, incluido el Homo sapiens. L. D. Mech lo explica así: “ Se ha
creado mucha confusión al intentar aplicar a la estructura familiar de las
manadas en libertad la información extraída sobre el comportamiento de
agrupaciones de lobos ajenos en cautividad. Este enfoque es equiparable a
intentar sacar conclusiones sobre la dinámica de una familia de seres
humanos a partir del estudio de seres humanos en campos de refugiados.”






Todos podemos experimentar situaciones parecidas si miramos nuestras
propias experiencias en cualquier asociación o trabajo en que coincida un
grupo de personas al mismo nivel. En muchos casos surgirá alguien que se
erija como líder, alguien dominante que controle la situación y que, de forma
inconsciente, sigan todas las demás. También habrá personas sumisas que no
quieran tomar responsabilidades y sigan al grupo. Por último, tampoco será
raro que haya quienes cuestionen al líder y peleen por el mando.

Sin embargo entenderemos fácilmente que la jerarquía dentro de una familia
está mucho más clara. Por regla general los padres contarán con el respeto de
sus hijos sin necesidad de demostraciones frecuentes de autoridad y ningún
hijo pretenderá ocupar el puesto de “cabeza de familia” mientras el padre
ostente ese título. Entre los hermanos es habitual una jerarquía por edad, no
escrita en ningún sitio, pero que permanece durante toda la vida.


El perro ¿un lobo domesticado?

Autores como el Dr. Ian Dunbar o el Dr Frank Beach, nos alertan sobre los
resultados de esos estudios realizados hace más de 30 años. Encuentran
varios errores en las conclusiones, entre ellas, cómo ejerce el poder la pareja
dominante. Tradicionalmente se cree que es por la fuerza, como nos dice el
etólogo español Antonio Pozuelos: “El mando absoluto lo ostenta un macho
que normalmente es el que más batallas ha librado y mejores resultados ha
obtenido.” Sin embargo no son esos los aires que se respiran a principios de
este nuevo milenio.

Estudios modernos están reinterpretando las conductas y los rituales de los
lobos. Tradicionalmente se creyó que eran los lobos dominantes los que
exigían sumisión a los demás, mientras que ahora, ciertos autores creen que
es al contrario. Los miembros de la manada (que según los estudios de Mech
serían los hijos) son los que muestran posturas sumisas al dominante de
forma voluntaria, para evitar conflictos. La Dra. Myrna Milani, veterinaria y
conductista, apunta además que, en la naturaleza, los ejemplares que
pretenden dominar con la fuerza bruta tendrían menos posibilidades de
subsistir debido al derroche de energía y al alto riesgo de lesiones y muerte.

De echo, está bastante consensuado que los perros verdaderamente
dominantes no necesitan usar la fuerza para demostrar su liderazgo y que
todos los rituales dentro de la manada van encaminados a evitar,
precisamente, cualquier enfrentamiento.

No sólo se están revisando las interpretaciones sobre la jerarquía en las
manadas de lobos sino que se cuestiona por qué esas conclusiones se
aceptaron como válidas para el perro como algo natural. El perro no es un
lobo, tanto morfológicamente como mentalmente hay muchas similitudes
pero también muchas diferencias.

El fósil más antiguo de lo que podríamos llamar un perro se encontró en una
cueva en Bélgica y data de hace unos 31.700 años. Es cierto que se trata de muy poco tiempo, evolutivamente hablando, para convertirse en una especie
diferente, pero sí es tiempo suficiente para marcar diferencias significativas.

Los biólogos Raymond y Lorna Coppinger han estudiado esas diferencias en
su libro Perros, una nueva visión sobre su origen, comportamiento y evolución. Un
lobo, por muy acostumbrado al ser humano que esté, nunca llegará al grado
de confianza, lealtad y capacidad de adiestramiento de un perro, aunque
lleve muchas generaciones en contacto con el hombre. Algo que saben todos
los que regentan un wolf park en cualquier parte del mundo.

Sin embargo, la relación perro-hombre que se ha formado en esos miles de
años ha creado un entendimiento mutuo que no existe con ningún otro
animal y así lo demuestra un estudio del profesor Peter Pongrácz de la
universidad Eötvös Loránd de Budapest. Ellos creen que años de
domesticación han mejorado la forma en que los perros, frente a sus
antepasados los lobos, pueden comunicarse con nosotros. Señalan que dicha
comunicación no se limita a las vocalizaciones, sino que también incluyen
señales visuales tales como cambios en su lenguaje corporal.

Todo esto implica que la relación con nuestros perros no tiene por qué estar
basada en la jerarquía y el sometimiento del perro hacia nosotros y que
demostraciones de fuerza como tumbarnos encima del perro hasta que éste
deje de intentar zafarse sólo conducen a una pérdida de confianza del perro
hacia nosotros.

¿Dominancia o mala educación?

Entonces, ¿qué es exactamente ser dominante?. La psicología nos la define
como una necesidad de ser importante, de influir y manejar el ambiente. Es
una característica de la personalidad, con gran componente genético, pero
que se moldea con el tiempo y sin necesidad de tener ninguna consecuencia
negativa. Una buena educación creará un ser equilibrado, con buena resistencia a la frustración y suficiente autocontrol para que su dominancia no le suponga ningún trastorno.

¿No hay jerarquías? Sí, claro, como en cualquier grupo social debe haber un
orden, pero lo que empieza a no estar tan claro es que ese orden sea tan
importante para los perros como para ser el núcleo central de su educación y
de sus problemas.

Es muy habitual que la jerarquía sirva para explicar un amplio abanico de
trastornos; cuando es agresivo con las personas o con otros perros, cuando se
mea en la cama del dueño, cuando roba comida de la mesa...

Que un perro gruña mientras come es tomado habitualmente como un
síntoma de dominancia. De repente, si alguien pregunta por qué gruñe el
perro, la respuesta es, porque es dominante, es decir, el síntoma se ha
convertido en un diagnóstico. El enfoque del tipo de relación que se
recomienda entonces es de enfrentamiento. Se coloca al dueño en la tesitura
de tener que ser el líder de una “manada” imaginaria y se le exige que someta
a su perro y le vea como un competidor.

Como nos recordaba un poco más arriba la Dra. Myrna Milani, ser dominante
no significa ser agresivo, y por supuesto ser agresivo no significa ser
dominante ¿Qué niño consentido no parece dominar a la familia en medio de
una rabieta? ¿Quién no parece dominante en medio de un enfrentamiento?.

Una pelea se trata de someter a tu contrario y una educación permisiva y
consentidora crea individuos caprichosos que quieren someter a sus deseos a
los demás, pero no se debe confundir estos trastornos con una forma de ser
dominante.



La mayor parte de las veces en que un perro tiene tiranizados a los dueños o
les agrede el problema es de educación, no de jerarquías. Al perro le deben
quedar claro los límites y las normas que reinan en casa para la convivencia
de todos y tiene que saber que depende de los dueños para sus necesidadesbásicas. Si se hace bien, el perro aprenderá rápido y sin necesidad de usar ningún tipo de violencia.

El profesional del mundo canino debe avanzar junto con la ciencia y buscar la
mejor relación posible entre el perro y su dueño. Es nuestra responsabilidad.

Patricio Jiménez
Especialista en psicodiagnóstico e intervención clínica canina. Perros
Fuente: www.voraus.com
Fotografías hechas por Nacho Cembellín el cazador de leones